Una experta en arquitectura sostenible analizó por qué la distribución simétrica de los sanitarios públicos históricamente afecta de manera directa a las mujeres, excluyendo de esta problemática a los hombres.
Mientras los hombres entran y salen de los baños públicos rápidamente, las mujeres a menudo enfrentan largas filas. Esto no es casualidad, sino una falla estructural en el diseño urbano que históricamente ha priorizado al cuerpo masculino estándar.
El problema se remonta a la construcción masiva de baños públicos en el siglo XIX, cuando la participación femenina en la vida pública era menor. Los diseños se centraron en los hombres, y cuando las mujeres se incorporaron al espacio público, la solución fue dividir los baños existentes por la mitad, asignando el mismo espacio y cantidad de cabinas a ambos géneros.
Esta división simétrica ignoró las diferencias fisiológicas y sociales. Los hombres usan urinarios que ocupan poco espacio, permitiendo más unidades. Las mujeres necesitan cabinas cerradas y requieren más tiempo para vestirse y para necesidades biológicas específicas como la menstruación. Además, las mujeres suelen acompañar a niños, ancianos o personas con discapacidad al baño.
La escasez de espacio en los baños femeninos se agrava por la presencia de cambiadores de bebés, asumiendo que el cuidado infantil es responsabilidad exclusiva de la mujer. Este problema se conoce como "paridad sanitaria".
Expertas como Sara Puerta y Leslie L. Lowe señalan cómo el diseño urbano reproduce desigualdades sociales. Un ejemplo claro son las largas filas femeninas en eventos.
Como solución, las arquitectas proponen que la proporción de cabinas en los baños de mujeres sea el doble o triple que en los masculinos. Repensar el diseño demuestra que la arquitectura no es neutral cuando se planifica desde un único modelo de cuerpo, evidenciando la urgencia de transformar las normativas de construcción hacia ciudades más equitativas.