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Analistas Editorial por Mateo Coria

Argentina, ¿qué se espera?

El país empieza a mostrar una combinación de datos que permite pensar en una mejora económica durante los próximos meses. 

Domingo, 13 de Setiembre de 2026
[ultimasnoticias]

Argentina empieza a mostrar una combinación de datos que permite pensar en una mejora económica durante los próximos meses. No alcanza para hablar de despegue, pero sí para hablar de cambio de tendencia.

El primer dato es la inflación. En agosto fue del 1,7% mensual, el menor registro en 14 meses. La inflación acumulada en los primeros ocho meses del año llegó al 21,3% y la interanual se ubica en 33,5%. Todavía es demasiado alta para una economía normal, pero está muy lejos del escenario de 2023, cuando la inflación anual llegó al 211%.

El segundo dato es el crecimiento. El PIB aumentó 2,3% interanual en el primer trimestre de 2026 y 0,7% respecto del trimestre anterior, según INDEC. Es decir: la economía no está creciendo a tasas extraordinarias, pero dejó atrás la caída más profunda y comienza a moverse lentamente hacia arriba.

Para todo 2026, las expectativas están alrededor de un crecimiento de 2% a 2,5%. No es una cifra espectacular. Pero si se combina con una inflación descendente, equilibrio fiscal y mayor crédito, puede ser el comienzo de un ciclo diferente.

Hay otro número particularmente importante: el superávit comercial. El BCRA señala que Argentina tuvo en el segundo trimestre el mayor superávit comercial de bienes de los últimos 30 años y que el mercado espera para 2026 un saldo positivo cercano a USD 23.400 millones, con exportaciones creciendo alrededor del 15%.

Ahí está probablemente una de las mayores oportunidades de la Argentina.

Energía, minería, agroindustria, servicios basados en conocimiento y algunas manufacturas pueden generar una oferta de dólares muy superior a la de los últimos años. Si esas exportaciones se transforman en inversión, empleo y crédito, el crecimiento potencial puede ser bastante mayor que el crecimiento que hoy muestran las estadísticas.

Pero hay que separar potencial de realidad.

La industria manufacturera cayó 5% interanual en julio y la construcción continúa muy débil. Son dos sectores que explican una parte importante del empleo privado y que todavía no acompañan con fuerza la recuperación.

Por eso, el escenario razonable para los próximos 12 meses no es una Argentina creciendo al 5% o 6%. Es más prudente pensar en un crecimiento de 2,5% a 3,5%, con posibilidad de acercarse al 4% si se recuperan consumo, construcción, crédito e inversión.

El crédito puede ser una de las claves.

El crédito al sector privado llegó al 12,3% del PIB en junio, todavía extremadamente bajo para estándares internacionales, aunque aumentó 0,4 puntos porcentuales desde diciembre de 2025. Esto significa que Argentina tiene muchísimo espacio para crecer si vuelve el financiamiento.

Y aquí aparece una de las grandes diferencias entre crecer poco y crecer bastante.

Una economía con inflación descendiendo, déficit fiscal controlado, mayor disponibilidad de dólares y crédito creciente puede empezar a multiplicar la inversión sin necesidad de que el Estado vuelva a gastar por encima de sus posibilidades.

El frente fiscal también muestra una mejora concreta. El Gobierno mantiene como objetivo un superávit primario de aproximadamente 1,5% del PIB para 2026. En el segundo trimestre, el superávit primario anualizado y desestacionalizado fue equivalente al 0,9% del PIB.

Esto no garantiza crecimiento, pero elimina una de las principales causas históricas de las crisis argentinas: financiar persistentemente el déficit con emisión o deuda.

¿Qué podría pasar si las condiciones se mantienen?

Un escenario razonable, no eufórico, podría ser:

  • Inflación: bajar progresivamente desde el 1,7% mensual actual hacia una zona de 1% mensual o menos durante 2027.
  • PIB: crecimiento de 2,5%–3,5% en los próximos doce meses, con potencial de 4% si se reactiva fuerte la inversión.
  • Exportaciones: crecimiento cercano al 10%–15%, con energía y minería ganando participación.
  • Superávit comercial: alrededor de USD 20.000–25.000 millones, si se mantienen los precios internacionales y el volumen exportado.
  • Crédito: todavía es el gran multiplicador pendiente. Pasar del 12,3% del PIB actual a 15%–18% significaría una expansión considerable del financiamiento privado.
  • Inversión: es probablemente la variable decisiva. Si la inversión vuelve a crecer de manera sostenida, la Argentina puede pasar de una recuperación estadística a un verdadero ciclo expansivo.

Pero hay una condición fundamental: que la mejora macroeconómica llegue a la economía real.

Porque una Argentina con superávit fiscal, exportaciones récord y baja inflación pero con industria parada, construcción deprimida y familias sin capacidad de consumo no puede considerarse todavía una economía plenamente recuperada.

La oportunidad existe. Los números empiezan a acompañar. Pero todavía falta la parte más difícil: convertir la estabilidad macroeconómica en más producción, más empleo privado, más crédito, más inversión y mejores salarios reales.

Por eso, el diagnóstico más serio para Argentina hoy no es “el país despegó”.

Es otro:

Argentina está creando las condiciones para despegar.

Y si logra sostener durante dos o tres años una inflación descendente, superávit fiscal, dólares genuinos por exportaciones y recuperación del crédito, el crecimiento potencial puede ser sensiblemente mayor que el 2% o 3% que hoy estamos viendo.

El problema es que todavía hay que demostrarlo.

¿Qué debería hacer el Gobierno para acelerar el crecimiento?

No hacen falta veinte anuncios. Hacen falta cinco o seis medidas concretas y medibles.

1. Bajar rápidamente el costo financiero.

El crédito es demasiado caro y escaso. El objetivo debería ser llevar el crédito privado del 12,3% del PIB al menos al 15%–18% en los próximos dos años. Para eso hay que reducir encajes cuando sea posible, profundizar el mercado de capitales y facilitar créditos hipotecarios, prendarios y para inversión productiva.

2. Acelerar la inversión privada.

No alcanza con anunciar proyectos. Hay que reducir plazos, permisos y costos regulatorios. Un proyecto de inversión debería tener una ventanilla única y un plazo máximo de respuesta estatal. Cada mes de demora encarece una inversión y posterga empleo.

3. Bajar impuestos distorsivos, pero con calendario.

No se puede eliminar todo de golpe sin poner en riesgo el superávit. Pero sí establecer una hoja de ruta de reducción de Ingresos Brutos, impuesto al cheque y retenciones, priorizando los impuestos que más castigan producción, exportaciones y empleo formal.

4. Destrabar construcción e infraestructura.

La construcción no puede quedar esperando exclusivamente al Estado. Hay que facilitar crédito hipotecario, securitización de hipotecas y participación privada en infraestructura. El objetivo debería ser que la construcción vuelva a crecer a tasas del 5% anual o más, porque tiene un efecto rápido sobre empleo, materiales, transporte y consumo.

5. Convertir Vaca Muerta y la minería en dólares e infraestructura.

El objetivo no debe ser solamente extraer. Hay que aumentar exportaciones, proveedores nacionales, rutas, energía y capacidad logística. Si energía y minería consiguen generar decenas de miles de millones de dólares adicionales durante los próximos años, esos dólares deben financiar inversión y no solamente convertirse en una renta sectorial.

6. Dar previsibilidad cambiaria y regulatoria.

La empresa que invierte USD 50 millones necesita saber qué reglas tendrá dentro de cinco años. Menos cambios permanentes, menos discrecionalidad y reglas tributarias estables pueden valer tanto como una reducción de impuestos.

Y una última medida, quizá la más importante: el Gobierno debería ponerse una meta explícita de crecimiento.

No solamente inflación y déficit.

Por ejemplo:

PIB +3,5% anual, inversión +10%, crédito +20%, exportaciones +10% y empleo privado formal +3%.

Si esas cinco variables empiezan a cumplirse simultáneamente, Argentina habrá dejado de discutir si se estabilizó y empezará a discutir algo mucho más importante: cuánto puede crecer.

Ahí está la verdadera oportunidad.

No hace falta volver al Estado gastador ni inventar otro modelo económico.

Hace falta hacer más rápido lo que ya funciona, corregir lo que todavía está frenado y conseguir que la estabilidad llegue finalmente a la economía real. Y dejarse de muletillas mesiánicas. El reloj corre, rápido..

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